Por estos motivos, yo me casaría.

Querido diario:

Quedé impactada con este artículo. Decía que, de 42,000 personas que se casan anualmente en nuestra media isla, 17,714 se divorcian. ¡Estamos hablando de casi un 50%!

No me he casado, por eso muchos me quitarán autoridad a la hora de emitir un comentario. Pero como aquí escribo lo que quiero, te voy a decir lo que pienso. Porque no puede ser que tantas personas concluyan sus relaciones, sin haber grandes conceptos errados sobre la unión matrimonial.

Lo primero en lo que creo nos equivocamos es en que estamos viendo ese paso como un requisito. No estamos concentrados en encontrar ese alguien que puede completar el rompecabezas, para formar uno mejor. Alguien que quiera, que valore y que nos mire con admiración. Ese ser que nos permita ser nosotros mismos, y al mismo tiempo, nos impulse a ser mejores.

Lo segundo es que, cuando tomamos la decisión, no la asimilamos con un real compromiso. Tenemos la palabra divorcio en la punta de la lengua. La planteamos como una salida fácil y posible si hay arrepentimientos, cuando a penas acabamos de entrar. Creo que partir de que vamos a equivocarnos, es muy peligroso.

Lo tercero es que, continuamos en una búsqueda incansable de la perfección. Tenemos a ese ser querido al lado, que al iniciar el trayecto era sensacional, pero que va perdiendo cualidades frente a nuestros ojos, mientras pasa el tiempo. Se nos olvida que no hay manera de que alguien reúna todas las aptitudes para ser la pareja soñada. Y que, mientras más conocemos, más descubriremos cosas que no nos agraden.

Y esa búsqueda incansable nos lleva a ver en otros fuera del matrimonio, una opción. Vamos recolectando piezas, hasta estar totalmente satisfechos. Digo, eso creemos. Y caminamos y caminamos, hasta caer en que nunca lo estaremos.

Ese es el otro tema, que comenzamos a pensar que ahí afuera hay alguien más parecido a nosotros. Vamos abandonando poco a poco el compromiso, hasta desenfocarnos.

El quinto problema, y entiendo que es el más determinante, nos hace falta Dios. Actuamos movidos por la carne y no por el espíritu. Es tan distinto cuando los valores cristianos son los que nos arrastran. Eso no garantiza el éxito, pero sí complica el fracaso.

Por último, y no menos importante, nos casamos enamorados. Eso no es lo mismo que amar a otra persona. Cuando amas, dejas de pensar en individual. Cuando amas, abrazas los defectos. Es un amor que nace de la conciencia, que te hace sonrojar o te da maripositas en el estómago y que, al mismo tiempo, te da libertad. Que con el pasar de los años, mantiene un grado de locura.

Sé que puedo sonar romántica, quizás quien lo lea diga que necesito madurar. Que se nota que no me he casado. A ellos les respondo que tengo ejemplos maravillosos para sustentar esta tesis. Y que no me conformaré con menos. Porque es para toda la vida…

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