El gran poder de las palabras.

Querido diario:

“Las palabras tienen poder y no se recogen”, leí en un post de mi querida Janis. Mi profesión se centra justo en eso; en cultivar usar bien las palabras para comunicar correctamente. En este oficio he aprendido la importancia que tienen. Pero debo confesar que la primera vez que verdaderamente comprendí que tanto pueden penetrar el corazón o las ideas de alguien, fue hace muchos años, en medio de una disputa con mi hermana.

No recuerdo la razón por la cuál inició el pleito, lo que no olvidaré es la frase hiriente que mencioné (no me atrevo ni a repetirla), y como ella reaccionó. ¡Me dio un ‘trompón’ tan fuerte, que corrí al baño a llorar! Ella, tan buena como siempre, corrió detrás de mí para pedirme perdón por haber actuado así.

Duró un rato del otro lado de la puerta, preocupada. ¿Y yo? Aparte de adolorida (fue en el mismo centro de la espalda, con el puño cerrado), impactada por como lo que dije, la lastimó más que cualquier golpe. Ahí fue que comprendí el verdadero poder de las expresiones.

De este principio es que parte la famosa ley de atracción. Y aunque no soy del equipo que cree en todos los fundamentos que conforman esta filosofía, sí me uno a los que proclaman que nuestras expresiones reflejan lo que está en lo más profundo de nuestro ser.

Soy una persona impulsiva, así que ha sido una lección difícil de aprender el “controlar lo que digo”. Con los años he conseguido manejar mi carácter, y en este proceso he confirmado que no es que cambias tus ideas o que aprendes a simplemente ser prudente, es que cambias desde el corazón.

Lo que me ha ayudado, mi querido diario, es comprender que todos cargamos una cruz distinta. Esa empatía es la que me ha llevado a manejar mis frustraciones, para así evitar los abruptos. Me ha ayudado el aceptarme imperfecta, para así tolerar las críticas.

He entendido que los demás no son responsables de mi mal día y por ende, no deben pagar por ello. Y que, cuando alguien merece poco nuestro amor, es cuando más lo necesita.

Como todos, he sido lastimada por comentarios o duras frases pronunciadas hacia mí. Sé como se siente ser lastimado. Y sé que las palabras más hirientes suelen venir de aquellos que más te quieren porque son los que más te conocen. Y como me pasó con mi hermana, viene el remordimiento, seguido de un perdón que no siempre restaura la relación.

Lo que decimos, impacta. Como hacemos sentir a los demás, cuenta. Por eso, debemos buscar la manera de que nuestro corazón cultive la misericordia para que, el día de mañana, podamos responder con amor.

Como le dije a una amiga una vez: siempre habrá una manera correcta de decir las cosas. Es cuestión de asumir que es nuestra responsabilidad, que lo que decimos y como lo hacemos, no habla de los demás, habla de nosotros. Solo de nosotros.

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