Lo que está mal, está mal.

Querido diario:

“Pero si está mal, está mal”, dije. Obvio que eso cayó como un balde de agua fría. Las personas esperan que, por siempre hablar de amor, para mí la justicia queda en un segundo plano. Y no, sé que no somos perfectos, pero lo que es incorrecto, no deja de serlo.

La diferencia es la reacción que puedo tener frente a los problemas, la manera en la que logre hacer empatía o la misericordia con la que lo aborde. Quizás que no tome en cuenta las ofensas, que no retenga emociones negativas hacia esa otra persona. Eso es muy distinto a desconocer la forma idónea de actuar.

Si sirve de algo, soy más dura conmigo, que con cualquier otro. Cuando caigo en palabra, obra u omisión, me detengo a analizar lo que hice. Si veo que lo hice mal, seré la primera en enfrentar las consecuencias, aunque el proceso duela.

Siempre he dicho que cometemos la falta de decidir si algo es bueno o malo, dependiendo de quien lo haga. Si quien “metió la pata” no te agrada o no le conoces, inmediatamente se apodera de ti un espíritu de justicia.

Si es contrario, si quien se equivoca es un ser que quieres, comienzas a minimizar el hecho. Porque es más fácil aplicar la justicia con quien no tienes ataduras emocionales. Dices “en realidad no está mal que haya hecho eso. Es una tontería. Creo que estas exagerando”.

Claro que creo en ser benevolentes, que comprendo que no somos quienes para juzgar a los demás (aunque una y otra vez me queme en la materia), que la dureza de corazón es un círculo vicioso peligroso. Claro que creo todo eso.

También sé que si no llamamos a las cosas por su nombre, corremos el riesgo de cruzar los límites. Y hacerlo, gracias a la justificación, sin ser concientes del error.

Por eso, insisto. Si yo cometo una falta, tengo el deber de aceptarlo. Si quien acciona mal es mi hermano, también. Quien sea. ¿Qué nos cuidará de terminar siendo unos viejos cascarrabias? Interiorizar que somos seres perfectamente imperfectos, que trabajamos cada día es ser un mejor yo.

Que fue una caída, solo eso. Que eso nos los hace mejores o peores que tú. Que solo se equivocaron, y ya. Que no tienes permiso a enfatizarles el fallo, porque las consecuencias de esas acciones son más que suficientes.

Que guardar rencor por lo ocurrido, no está permitido. Que la acción que sucede a ese reconocimiento es el perdón. Que ese perdón es de dos vías: hacía el otro y hacía ti mismo. Y que de todo se aprende… de todo.

Es mi manera de hablar de amor y ser justa. Porque no son antagónicos, pertenecen al mismo equipo. La justicia proviene del amor. El Señor dice “El que va tras la justicia y el amor halla vida, prosperidad y honra”.

Es como nuestros padres, que nos aman con todo y por eso nos corrigen. Así veo la relación entre ambos; le pido a Dios sabiduría.

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