¡Todo el mundo tiene expectativas!

Querido diario:

“Todo el mundo tiene expectativas”, escribí en el post. Ya lo había hablado contigo en una ocasión cuando me desahogué sobre mi trabajo y lo que los demás esperaban. También hablamos de las expectativas sobre la edad, cuando hablamos de mi comportamiento desenfrenado.

Recuerdo que, un día en la playa, decidí lanzarme tipo ‘bomba’ de la punta de un bote. Abajo me esperaba un grupo de mujeres entre 45 y 50 años con cara de asombro. La pregunta, desde que pude tomar aire fue “¿qué edad tienes, mi hija?”. Su tono hizo que reconociera inmediatamente la verdadera intención de esa cuestionante.

Deseaban confirmar la diferencia de edad entre mi pareja y yo, para luego “dar tijera”. ¿La segunda razón? Que supiera que mi comportamiento era infantil. Obvio que me sentí, entre triste y molesta, al mismo tiempo. Después recordé lo feliz que me hizo esa hazaña y olvidé todo (como la ranita René).

Mentira… sabes que soy increíblemente analítica, así que profundicé en ello por algunos días y llegué a la conclusión de que somos presos de las expectativas. Tanto hacía los otros, como hacía nosotros mismos.

Muchos se sorprendieron cuando les conté que mi vida laboral inició a los 15 años. Imagínate diario, soy comunicadora y “blanquita”, así que todo me ha caído del cielo. Eso piensan, o por lo menos eso esperan de alguien como yo.

Todos esos prejuicios o estigmas, nos llevan a comportarnos según lo estipulado. O a ponerle sellos a quienes conocemos. Y sin darnos cuenta, andamos por la vida sacrificando nuestra libertad. Esa que nace del corazón que no juzga, del corazón que vive.

¿Que qué hacen las expectativas? Nos alejan de quienes somos y hacen que nos alejemos de los otros. Pues queremos complacer tanto esos parámetros puestos por el mundo que dejamos atrás nuestra esencia.

¿Y por qué nos aleja de los demás? Porque cerramos puertas sin haber conocido, solo porque “yo pensaba que era”. ¡Y nos perdemos de gente maravillosa, por esos prejuicios!

Tan equivocado está el que me ve y me descalifica porque piensa que “no he pasado trabajo”, como el que piensa que “por yo no haber pasado trabajo, no hay meritos en mis logros”. No es lo que he hecho, es lo que soy. Eso solo lo puedes conocer cuando le das a otro la oportunidad de abrirse a ti. Eso lo logras cuando te alejas de las expectativas.

Por comprender esa verdad es que me he enfocado en vivir libremente. En darme permiso a ser yo mismo, sin importar que expectaciones tiene sobre mí, el resto del mundo. Y ese permiso me ha llevado a perder miedos, a asimilar que equivocarse es parte de la vida. A grabarme que “no tengo que ser perfecta”.

Y en esa misma proporción, darle permiso a los demás.

De lo contrario, debemos prepararnos para vivir a medias, por las cargas extras que nos suman las expectativas. Esas que, sin darnos cuenta, nos roban la capacidad de asombro porque ya tenemos todo predeterminado. Esas que, sin darnos cuenta, nos endurecen el corazón porque no nos permitimos simplemente… ser.

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