Otra vez, me dejé hundir.

Querido diario:

Lo hice otra vez. El lugar era perfecto, la compañía era buena y el ambiente también. Pero decidí dejar que mi mente me controlara hasta llevarme al desplome. Luego, la resaca moral. Porque sabía que había perdido un tiempo valioso y no pude evitarlo.

Sé que soy humana, que habrán días donde no quiera hablar con nadie, estar sola, quizás dormir por horas. Sé que la tristeza es parte de vivir, aunque no me agrade. ¿Qué por qué no me agrada? Porque por alguna razón siento que nos aleja de vivir el ahora.

Por ese motivo es que, cuando me pasan esas cosas, me molesto conmigo. Creo en el corazón agradecido que cuenta lo que tiene, no lo que no tiene. Aún así, sabiendo eso, caigo otra vez.

¿Y sabes por qué? Porque me canso. Sí, así mismo. Lo grande de todo es que no hablo de un cansancio físico, y mira que madrugo por mi trabajo. Mi cuerpo me ha salido bueno, porque aguanta muchas malas noches. Me refiero al cansancio emocional, ese que no resuelves con un power nap.

Hablaba con mi querida Janis sobre la necesidad que sentimos de cargar a otros, conducta que aprendemos en nuestro hogar. En mi caso, asumí un papel que no me tocaba, lo que pasa es que en ese instante sentí que alguien debía ocuparlo porque nadie estaba dispuesto a hacerlo.

Me acostumbré a ser esa persona que resuelve, que no necesariamente tiene sus prioridades claras porque suele hacer de las de los demás, suyas. Ojo, no fueron mis padres que me pidieron sostuviera todo para mantener mi mundo en orden, lo decidí solita. Con los años, me volví una bomba de tiempo. Explotaba sin motivos reales, todo porque estaba llena de esas cargas pesadas.

Gracias a mis terapias con Rox, mis talleres y demás medios, comprendí que debía dejar ir todo eso que me pesaba, para pasar al siguiente nivel: cuidarme.

Claro, fue después de muchas metidas de patas y mucho llorar que aprendí que no estoy aquí para soportar todo sobre mis hombros. Y tampoco puedo decir que siempre trabajo bajo ese principio. De vez en cuando necesito de un ‘jamaqueon’ para volver al punto cero.

Analizando ahora contigo, es que entiendo que eso fue lo que me pasó ese día. Caí en que estaba ahí, otra vez… otra vez Dios mío. Así que me di permiso para durar unas horas en la cama, para estar molesta por dejarme llevar a ese mimos rincón. Hasta que recordé eso que te escribí al inicio, querido diario. Debemos aprovechar cada instante, porque la vida pasa muy rápido.

Si nos quedamos en los porqués o nos concentramos en lo que “no está”, perdemos de vista las respuestas y los “que sí”. Nos perdemos ese momento que no se repite, dañamos oportunidades, solo porque nuestros pensamientos son más fuertes que nuestras ganas de estar.

¿Qué hice? Me paré, me llené de energía con personas que quiero y no miré hacía atrás. Recordé que ser feliz es una decisión que solo puedo escoger yo. Que mis cargas ya son llevadas por Dios, al igual que la de los demás. Y que los cambios inician con un paso. Y luego, otro paso. Y así.

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