¡Mi deseo es agradarle a todo el mundo!

Querido diario:

“Pero yo no he hecho nada”, pensé. Cuanto me ha costado entender que no vamos a caerle bien a todos los habitantes de este planeta. Que en ocasiones haremos conexión con un desconocido, en otras no. Que muchos formaran opiniones de nosotros a partir de comentarios de los demás o de ideas preconcebidas por el trabajo que hacemos, por el lugar de donde venimos, hasta por la pareja que tenemos.

Recuerdo en mi adolescencia decir “esa tipa me cae mal” y no tener justificación alguna para sustentar ese pensamiento. Ahora lo pienso, y es una locura. Pero creo que todos hemos caído en ese error. Juzgamos, sacamos conclusiones a la ligera sin tener la menor idea de la historia detrás de ese ser humano.

¿Y cómo olvidar decir que “así si es fácil, porque su familia tiene mucho dinero” para disminuir a nada los logros de ese alguien? Ya adulta pude comprender que era mi misma frustración molesta porque no disfrutaba de esos maravillosos privilegios. No podemos quitarle mérito a alguien solo por la familia de donde viene. Desconocemos los retos que tuvo que enfrentar o aquello de lo que carecía.

Aunque, como le decía a una amiga hace unos días. ¿Y si esa joven fue tan bendecida por Dios, que no tuve que vivir dificultades? ¡Que importa! No puedo asumir su valor tomando en cuenta lo que posé. Lo que pesa de alguien es su ser.

Habrá muchos motivos por los cuales nos señalarán. En mi caso, en mi proceso de sanación, he trabajado ambas áreas: el aprender a no señalar y el aprender a ser señalado. Como te decía al inicio, querido diario, quería hacerlo todo bien para lograr agradarle a todos.

Ese deseo de ser perfectos, que nos consume por dentro… ¡es agotador! Mi trabajo ha sido mi gran colador, porque estoy muy expuesta. Y con las redes sociales, aún más. Al inicio me dolía muchísimo oír como, inclusive de muchos con los que había compartido, “acababan conmigo en una mesa”.
Llegué a sentir la tentación de buscar por distintos medios digitales responder con mi historia, para hacerles cambiar de opinión. Gracias a Dios contuve esa rabia y conseguí aprender a transformarla en intenciones de inspirar a los demás a crecer.
Claro, es una lucha constante. Porque hay de quienes no lo esperas. Lo disímil es que lo veo distinto: la boca habla de lo qué hay en el corazón. Ya sé que esos comentarios, más que hablar de mí, hablan de quien los pronuncia y sus molestias hacia su vida.

Me he puesto una tarea muy complicada para ver qué tanto he avanzado. Ya luego te cuento como me va, ponme en oración.

Lo que sí te puedo asegurar es que ahora me concentro en trabajar en ser mejor, me concentro en mí. Porque no puedo controlar lo que dicen o hacen los demás, solo puedo transformar el cómo reacciono.

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